Antes…
Fueron meses destrozada. Meses que no sabia que hacer. Se
pasaba todas las tardes en su casa viendo series americanas y fumando para aliviar la ansiedad. Corto con
Miki al no poder soportar el engaño que el pobre llevaba encima. No solo le
había puesto los cuernos en incontables ocasiones ese verano sino que, se había
enamorado del chico que jamás imagino poder llegar a enamorarse. Su mejor amigo.
Aquel chico de ojos verdosos y una sonrisa encantadora, el mismo que se reía de
las bromas mas tontas del mundo y la hacia sonreír mas que nadie en la faz de
la Tierra. El chico que la intentaba espiar en el baño. Se había enamorado del
imbécil que acababa de partirle el corazón en el mismo instante que se pudo dar
cuenta de que, efectivamente, lo amaba más que a nada…
Hasta que el dolor parecía irse. Hasta que el dolor parecía
haberse olvidado por completo y decidió sonreir, de nada servía estar triste. Y
menos después de meses sin hablar con el. Sin que el se dignara si quiera a
preguntarle que tal estaba…
Ahora…
Las caras durante el programa han sido un poema. Un
verdadero desastre. Ya nos han echado la bronca a los dos y hemos prometido
estar al cien por cien para el próximo, pero ambos sabemos que no. Que no podrá
serlo a no ser que yo misma lo arregle. De la mejor forma que se .Lo intentare
arreglar como pueda aunque se que va a ser imposible…
Anna llama ala puerta de enfrente. Con los pantalones
vaqueros bien ceñidos a su cuerpo y una foto en su bolsillo. Es el momento de
darle su foto. La foto de los dos que un día guardó como un tesoro. No se le
ocurre mejor forma de pedir perdón. La verdad es que analizándolo desde fuera,
parece patética. Una niña pequeña suplicando un perdón y todo porque se siente
como una mierda. Lo ha notado esta mañana en su mirada. Ha notado una mirada
perdida que solo había visto una vez. Con un pequeño matiz, no había rabia,
solo vacío. Anna se desmonta poco a poco al ver que la puerta que tanto llama
no se abre. Observa la foto una vez más y con las lagrimas a punto de brotar de
sus ojos se vuelve con lentitud hacia su puerta. Se encierra en su pequeña
casa, dejando caer su ligero cuerpo al suelo, dejando que el olor a vainilla
esparcido por toda su casa se vuelva a colar por su nariz y cumpla su función,
tranquilizarla, pero parece tan complicado...
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